Y aunque no crea en las estadísticas te digo que 7 de cada 10 ancianas en el colectivo te cuentan la historia de su vida, y quizá sea porque huelen el hedor del final o el perfume del descanso (como gustes). Será porque quieren dejar el signo de su paso por la historia en cada alma que se cruza en su camino. Será que están tristes y se sienten solos y desprotegidos porque ya no hay mamá ni papá ni tíos ni abuelos ni hermanos, sólo hijos muy ocupados en sus trabajos y nietos pequeños o no tan pequeños pero perdidos en nuevas tecnologías y costumbres que ellos no entienden y se esfuerzan (yo te juro que se esfuerzan, se nota) en comprender o en ignorar y acercarse y tener un poco de cariño, quizá una boca que coma sus comidas antes de que confundan la sal con el azúcar y el vino con el pervinox.
Y no entendés qué hay detrás de mis ojos húmedos ante los viejos, te reís o te exasperás pero no ves que me consume la angustia de la incertidumbre, siento que se posa en sus hombros, y en sus arrugas que ocultan el rostro otrora juvenil está el secreto de los años pasados y de cientos de amores y amistades y llantos que ahora cataratas y artritis.
Porque la vida es un poco así, un tira y afloje de la carne y de los huesos, nos vamos muriendo desde que abrimos los ojos y en cada beso dejamos una marca eterna llamada memoria (y la sensitiva es la más etérea), todos nuestros movimientos son percibidos por otra persona que admira (contempla, estudia) los gestos, tal vez dentro de sesenta años esa persona me recuerde sonreír y gritar y enojarme y hablar (no parar de hablar) y mi lengua en la suya y mis manos en sus codos y mis lunares, y yo recuerde los suyos, y el contexto que me acompañó, y así, hilo por hilo entretejiendo el pasado se constituirá nuevamente en sentimientos de Sol y noche fresca y cerveza negra y las risas, sobre todo eso.
- Caramelos, caramelos ácidos –
Y las lágrimas consiguientes.