

El me preguntó:
-¿Tienes miedo a la muerte?
Y yo le contesté:
-No.
El me preguntó:
-¿Tienes miedo a la vida?
Y yo le contesté:
-Sí.
¿Cuántas veces es capaz un ser humano de tropezar con la misma, exactamente, la misma piedra?
La piedra no se interpone en tu camino. Tú te interpones en el camino de la piedra.
Imaginemos que la vida es un escenario, y todos somos bailarines. Desde pequeño, te enseñan, o aprendes inconscientemente determinados pasos, un determinando baile. Al crecer, ese baile debería evolucionar. Pero algunos, estamos tan acostumbrados a los mismos pasos de siempre, lo hemos practicado tantas veces, que no sabemos que puede haber una evolución para nosotros. Nos da miedo salir fuera de las líneas marcadas. Nos da miedo cambiar el ritmo, por no dar un paso en vano. Nos da miedo que entren personas que quieras ayudarnos en nuestro escenario. Porque deja de ser el mismo baile de siempre que ejecutamos a la perfección, al que ya estamos acostumbrados, con el que nos hemos conformado.
Y ahora, volvamos a la vida real. Pongamos el ejemplo de una persona que desde pequeña ha tenido que sufrir los problemas de su familia, ha aprendido pautas de comportamiento sin razón de ser, ha aprendido que el amor es destructivo, porque es lo que le enseñan sus padres, ha aprendido que debe cargar pesos importantes, grandes responsabilidades durante su vida, que ese es su papel, que ese es su baile. Cuando crezca, buscará exactamente el mismo ambiente que ha vivido en su casa, porque es como sabe vivir, como sabe actuar, y nadie quiere cambiar, cuando cree merecer el sufrimiento.
Yo, por mi parte, como no, sigo ejecutando el baile con el que me siento segura. Mi refugio, mi droga, vuelve a ser castigar mi cuerpo.
Me está resultando fácil, apenas como algo en el día entero, y nisiquiera tengo hambre.
No me he pesado. Por ahora, ni tengo ganas de pesarme. Apenas me miro al espejo. No me interesa.
Solo intento ahogar la culpa.
¿Me hace sentir esto mejor?
No.
Pero me ayuda a tener la mente en blanco.