Miré, por última vez, las puertas de la que había sido mi casa por tantos años. Aquellas paredes que me habían visto crecer, aquellas paredes que habían sido testigos mudos de mis sufrimientos. Una lágrima se deslizó por mi mejilla al recordar los golpes y los insultos que comenzarón cuando ella murió. Me la enjugué rápidamente con el dorso de la mano. Charles no se merecía ni siquiera esa efímera lágrima. Ya había matado a mi madre antes de intentar repetirlo conmigo. Aún tenía aquellos horrorosos circulos morados por todo mi cuerpo cuando se enteró de lo del bebé.
Miré con orgullo y estreché aún con más fuerza la mano de Duncan. Si no hubiese llegado a tiempo, si no se hubiese enfrentado a Charles... nuestra pequeña Caitlain no habría podido disfrutar de los placeres de esta vida y solo seríamos dos más en la conciencia vacía de mi padrastro. Duncan puso una mano sobre la pequeña montaña en la que se había convertido mi barriga.
-Ella no sufrirá nunca, y tú jamás volverás a hacerlo- dijo con tono solemne- Ese cabrón ya está bajo tierra, donde debería haber estado hace mucho...
Puse mi mano sobre la suya y contemplé la perfección de nuestro conjunto. Pensé en cuántas veces Duncan me había refugiado en su pequeño piso, consolandome de las lágrimas sin fin, sin saber el porqué, acunandome contra su pecho prometiéndome una vida que jamás creí posible.
-Prométeme que no serás como él. Prométeme que tú no vas a cambiar...
-Te lo prometo- me susurró besándome dulcemente.
En ese momento, supe que mi vida acababa de comenzar, aunque ya tenía diecisiete años, y supe que todo iba a estar bien y que mi hija no iba a tener que pasar por mis misma penurias.
Eché un último vistazo a la puerta y rezé una oración por el alma de Charles, deseando que algún día, reparase en todo el sufrimiento que había causado y se arrepintiese por ello. Volví a observar lo perfección de la mano de Duncan sobre mi barriga y sonreí. Todo estaría bien...
