Esperó a que la habitación quedara en silencio, a que los primeros rayos de sol rompieran la persiana y la vistieran de lunares. Fumaba el último cigarro, el cigarro de despues pero sin haber tenido antes. Sus labios jugaban con el humo y se perdía en su imaginación. Cerraba los ojos y una sonrisa complice de nadie iluminaba su rostro. La habitación olía a vicio y a alcohol, una historia se escondía bajo la cama y de los gritos desgarradores de hacía una hora, ahora solo escuchaba el llanto de su alma. Intentó grabar en su memoria la figura de su cuerpo, cada detalle de su piel que ahora tenía nombre y aquel huracán de sensaciones que los dejaba sin fuerzas. Contó de memoria los pasos que les separaban, la distancia entre almas que se hacía infinita. Se vistió de melancolía y se calzó los tacones que solo habían pisado penas. Cerró la puerta con llave, encerrando todos los recuerdos, el olor de su cuerpo, el tacto de su piel, el sonido de su risa y el color de sus ojos y se marchó con las manos vacias de historias que contar.
“Atrapada en la tela de araña, bajar noche tras noche a los infiernos y al día siguiente aquí no ha pasado nada…”