La lluvia azotaba mi rostro, intentando detener mi carrera. Ya no sentía mis piernas, ni el cansancio, ni el dolor... Todo había dejado de tener sentido. Solo una cosa perduraba en mi mente y era la necesidad de correr, solo correr... ¿Para qué? Al principio, para alcanzar el coche que se llevaba mis ilusiones, mis sueños, mis deseos... que se llevaba a la persona que más había querido y que más me había echo sufrir en toda mi corta vida, pero hacía horas que había perdido el coche de vista y seguía sin poder parar. No sé muy bien porqué, pero sentía que si seguía corriendo, quizás aún podría alcanzarlos.
La noche me cubrió con su manto y el frío mordió mi piel ya empapada. Como a lo lejos, escuchaba mi móvil sonar. Mis fuerzas me abandonaron y caí a la fría tierra protegida por un mar de árboles que eran testigos mudos de mi sufrimiento. Me hice un ovillo, mis lágrimas se confundieron con la lluvia. La desolación comenzó a invadir mi corazón, como si en el mismo instante en que había dejado de correr, la soledad me hubiese golpeado con toda su fuerza. Cuanto más oscura se hacía la noche, más claro estaba todo para mi. Estaba sola y él no iba a volver.
A partir de ese momento, bajo un rayo de clara luz de luna, mi antiguo yo había dejado de ser quién era, y había dado paso a una especie de muñeca rota que jamás volverá a ser persona.
